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¿Y si fuera posible tratar el cáncer avanzado de forma sistémica usando calor generado por nanopartículas magnéticas, sin los mecanismos de resistencia que limitan la quimioterapia? Esa es la apuesta que describe Ofer Shalev, cofundador y CEO de New Phase, en un artículo que defiende la convergencia entre física, biología, química e ingeniería como camino para transformar el desarrollo de terapias oncológicas.

Ilustración de nanopartículas magnéticas usadas en hipertermia para tratar células de cáncer
Las nanopartículas magnéticas calientan y destruyen células tumorales bajo radiación magnética no ionizante.

El problema que la oncología aún no resuelve

En la práctica clínica, la mayoría de los pacientes con cáncer avanzado recibe quimioterapia, radioterapia, inmunoterapia o terapias biológicas dirigidas. Con el tiempo, muchos de esos tratamientos pierden eficacia a medida que las células tumorales se adaptan o desarrollan resistencia. La respuesta habitual es cambiar de línea terapéutica, lo que suele sumar efectos secundarios —a veces acumulativos— y no siempre impide la progresión de la enfermedad.

Hay además un problema de tiempo. En muchos casos, el oncólogo solo puede saber si un tratamiento funciona semanas o meses después de iniciarlo. Mientras tanto, la mortalidad por cáncer sigue siendo alta y el número de muertes crece cada año. Ese conjunto de limitaciones es lo que motiva la búsqueda de enfoques que se mantengan eficaces aun cuando el tumor evoluciona, con menor toxicidad y preservación de la calidad de vida.

Cómo funciona la hipertermia magnética

La propuesta de New Phase parte de nanopartículas magnéticas: partículas diminutas y diseñadas que circulan por el cuerpo y se acumulan preferentemente en el tejido tumoral. Cuando se activan mediante una fuente externa de energía —en este caso, radiación magnética no ionizante—, esas partículas generan calor localizado, capaz de dañar las células cancerosas mientras preserva el tejido sano que las rodea.

El punto clave es el mecanismo. Al aplicar una tecnología de tratamiento sistémico basada en nanopartículas paramagnéticas e hipertermia magnética, la idea es destruir las células tumorales mediante el calor, una estrategia que, según el autor, tiende a ser menos susceptible a los mecanismos de resistencia observados con muchos fármacos. Como el calor no «negocia» con la biología de la célula del mismo modo que un fármaco, el tratamiento podría, en teoría, repetirse tantas veces como sea necesario, dada la baja toxicidad ya demostrada en estudios preclínicos y, ahora, en pruebas iniciales en humanos.

Hipertermia oncológica: una idea antigua con ropaje nuevo

La hipertermia no es exactamente nueva en oncología. Desde hace décadas se estudia el calentamiento controlado de tumores (en general entre 40 °C y 45 °C) como forma de sensibilizar las células a la radioterapia y la quimioterapia, ya que el calor perjudica la reparación del ADN y aumenta el flujo sanguíneo y la oxigenación locales. El reto siempre fue entregar ese calor de manera selectiva y homogénea, sin calentar tejidos sanos.

Ahí es donde las nanopartículas cambian el juego. Al concentrar el calentamiento a nivel del propio tumor, la hipertermia mediada por nanopartículas magnéticas busca la selectividad que las técnicas regionales no lograban. Ya existen precedentes clínicos del concepto: sistemas de nanopartículas de óxido de hierro aprobados en Europa para glioblastoma mostraron que el enfoque es viable, aunque con aplicación restringida. La novedad que defiende New Phase es el carácter sistémico — nanopartículas que circulan y buscan el tumor, en lugar de inyectarse directamente en la lesión.

El concepto de bioconvergencia

Uno de los mayores retos de este trabajo es lo que suele llamarse bioconvergencia: la necesidad de integrar conocimiento de varias disciplinas científicas y de ingeniería en un único sistema terapéutico. A diferencia de los tratamientos oncológicos convencionales, basados sobre todo en farmacología o biología, la hipertermia magnética —un campo de la oncología intervencionista— exige la convergencia exitosa de química, física, biología, ciencia de la imagen e ingeniería médica.

Y ahí es donde entra la radiología. La ciencia de la imagen es esencial para mapear dónde se acumulan las nanopartículas, monitorear la deposición de calor y confirmar la respuesta del tumor, un papel que dialoga directamente con la lógica de la teranóstica, en la que diagnóstico y terapia avanzan juntos. Sin imagen de calidad, no hay forma de guiar ni verificar una terapia tan dependiente de la localización precisa.

Implicaciones y cautelas

Para quienes trabajan en oncología e imagen, conviene el equilibrio entre entusiasmo y escepticismo. El texto está firmado por el ejecutivo de una empresa con interés directo en la tecnología, y los resultados, aunque prometedores, todavía están en fases iniciales de validación en humanos. Las terapias térmicas y basadas en nanopartículas ya se exploraron antes, con desafíos reales de biodistribución, seguridad y reproducibilidad. Nada de esto invalida la propuesta, pero exige la lectura crítica de siempre.

Si se confirma en ensayos mayores, una terapia sistémica, repetible y de baja toxicidad tendría también un impacto económico, un punto sensible cuando se discute el costo creciente del tratamiento oncológico y la toxicidad financiera que recae sobre pacientes y sistemas de salud. Por ahora, el mensaje central es menos sobre una cura inminente y más sobre un método: problemas complejos como el cáncer difícilmente se vencerán con una sola disciplina aislada.

Fuente: DOTmed — artículo de opinión de Ofer Shalev (New Phase).