Skip to main content

El aislamiento social y la soledad, dos factores de riesgo reconocidos de demencia, se asocian con patrones de cambio cerebral diferentes, aunque en parte superpuestos, en estudios de RM y PET de adultos de mediana edad y mayores. Así lo concluye una revisión sistemática de 42 estudios realizada por investigadores de la Deakin University, en Geelong (Australia), y publicada el 28 de octubre de 2026 en Alzheimer’s & Dementia.

En el conjunto de la literatura, el aislamiento social —la condición objetiva de tener pocos contactos y escasa participación social— se relacionó con mayor frecuencia con regiones temporales, como el giro temporal medio. La soledad, entendida como la percepción subjetiva de tener menos vínculos de los que se desean, se vinculó más con estructuras subcorticales, en particular el putamen y el globo pálido. Ambos conceptos compartieron hallazgos en regiones límbicas, mayor volumen de hiperintensidades de sustancia blanca y proteína C reactiva elevada.

Ilustración anatómica del cerebro con el lóbulo temporal y el giro temporal medio destacados (aislamiento social) y el putamen y el globo pálido destacados (soledad)
Regiones de sustancia gris asociadas exclusivamente con el aislamiento social (A: lóbulo temporal y giro temporal medio) y con la soledad (B: putamen y globo pálido), replicadas en al menos dos estudios. Figura: Guarnera et al., Alzheimer’s & Dementia (2026), CC BY 4.0.

Cómo se construyó la revisión de la Deakin University

El equipo, encabezado por la doctoranda Jade Guarnera y con Helen Macpherson como autora sénior, parte de un problema de medición: muchos trabajos usan los dos términos como sinónimos o aplican un cuestionario diseñado para un concepto al estudiar el otro. Así se mezclan dos fenómenos que podrían seguir vías biológicas distintas, ya que una persona puede vivir sola sin sentirse sola y otra, rodeada de familia, sentir una soledad intensa.

Para separarlos, los investigadores buscaron en PubMed, PsycInfo, Medline ProQuest y Embase estudios publicados entre 2010 y 2025 que relacionaran el aislamiento social o la soledad con resultados neurobiológicos en muestras con edad media de 50 años o más. Se incluyeron RM estructural y funcional, imagen por tensor de difusión (DTI), PET de amiloide y de tau, líquido cefalorraquídeo y marcadores inflamatorios en sangre, como la proteína C reactiva (PCR). La selección final reunió 42 estudios: siete sobre aislamiento social, 26 sobre soledad y nueve que midieron ambos.

«Todavía no tenemos una comprensión sólida de los mecanismos que podrían explicar este riesgo, en particular de la neurobiología subyacente», escribieron los autores, que presentan el trabajo como la primera revisión sistemática, hasta donde saben, sobre los correlatos neurobiológicos de ambos constructos en este grupo de edad.

Corteza temporal, núcleos basales y un terreno compartido

La figura principal del artículo muestra solo las asociaciones exclusivas de cada constructo que se replicaron en al menos dos estudios. En el aislamiento social aparecen el lóbulo temporal y, dentro de él, el giro temporal medio, una región implicada en el procesamiento semántico y la cognición social. En la soledad destacan el putamen y el globo pálido, núcleos basales que forman parte de circuitos relacionados con el movimiento, la formación de hábitos y el procesamiento de la recompensa.

La superposición incluye el hipocampo, la amígdala, el tálamo y el giro fusiforme, que los autores agrupan como regiones límbicas. El hipocampo se encuentra entre las primeras estructuras que se atrofian en la enfermedad de Alzheimer, y la amígdala tiene un papel central en el procesamiento emocional. Los autores señalan que varias de las regiones implicadas son vulnerables en el Alzheimer y en demencias relacionadas, lo que sugiere posibles vías entre una mala salud social y el riesgo neurodegenerativo.

Más allá de la sustancia gris, ambos constructos se asociaron con mayor volumen de hiperintensidades o lesiones de sustancia blanca y con PCR elevada, un marcador de inflamación sistémica. El hallazgo dialoga con otros trabajos que cruzan condiciones sociales e imagen, como el que mostró que la privación del barrio acelera el envejecimiento cerebral en la RM.

Qué mide cada técnica de imagen

Conviene precisar qué informa cada técnica. La RM estructural potenciada en T1 permite segmentar el cerebro y medir el volumen de sustancia gris y el grosor cortical; de ahí provienen los hallazgos en el giro temporal medio, el putamen y el hipocampo. La RM funcional sigue la señal BOLD, que refleja cambios en la oxigenación de la sangre, y se usa sobre todo para estimar la conectividad entre regiones, como en el estudio de RM funcional sobre la música y la recuperación del estrés.

La DTI mide la difusión del agua a lo largo de los haces de fibras y genera índices como la anisotropía fraccional, que se usan como indicadores de la integridad microestructural de la sustancia blanca. Las hiperintensidades de sustancia blanca se ven como zonas brillantes en T2 y FLAIR y, en la mayoría de los casos, reflejan enfermedad de pequeño vaso, un hallazgo frecuente en personas mayores y asociado con riesgo de ictus y deterioro cognitivo. El PET de amiloide y el PET de tau emplean radiotrazadores que se unen a las placas y ovillos característicos del Alzheimer; la reciente aprobación de la FDA de un nuevo agente de PET de tau amplía el acceso clínico a la segunda de esas herramientas.

Asociación no es causalidad: límites de la evidencia

Los propios autores reconocen que la heterogeneidad metodológica y la medición inconsistente de ambos constructos limitan las conclusiones. Los estudios reunidos son observacionales y difieren en muestras, protocolos y análisis. A juzgar por el resumen y la figura, la síntesis se basa en la consistencia con que cada región aparece entre los estudios y no en un tamaño de efecto combinado.

Queda además la cuestión de la dirección. Cuando la imagen y el cuestionario se obtienen en el mismo momento, no hay forma de saber qué ocurrió primero: la soledad podría contribuir a los cambios cerebrales, pero un proceso neurodegenerativo incipiente también puede llevar a una persona a retraerse. La depresión, la pérdida auditiva, el nivel socioeconómico y la actividad física se cruzan con ambos constructos y pueden confundir la asociación.

La base de evidencia también es desigual. Sumando estudios exclusivos y mixtos, 35 evaluaron la soledad y solo 16 el aislamiento social, de modo que el mapa del aislamiento se apoya en menos datos. Ninguno de estos hallazgos permite hoy deducir la situación social de un paciente a partir de un estudio de imagen ni estimar su riesgo individual de demencia.

Qué cambia para la investigación y la práctica en neuroimagen

En el informe de rutina no cambia nada: las diferencias descritas son promedios de grupo, invisibles en un estudio individual. El valor del trabajo está en orientar la investigación. Los autores piden escalas de soledad validadas y de múltiples ítems, más RM funcional y métricas amplias de sustancia blanca en muestras de personas mayores, y diseños que analicen el aislamiento y la soledad dentro del mismo modelo para que los resultados sean comparables. «Además, el desarrollo de una medida multidimensional y específica del aislamiento social debe priorizarse a medida que avanza el campo de la salud social», concluyen.

El trabajo se suma a una línea de investigación que busca extraer de la RM señales tempranas de deterioro cognitivo, como los surcos apretados que anticipan deterioro cognitivo y una firma de RM que predice quién pasa del DCL a la demencia precoz. En América Latina, donde la población envejece con rapidez, las cohortes que ya adquieren RM cerebral podrían incorporar medidas sociales validadas, que distingan aislamiento de soledad, para comprobar si estos patrones se mantienen en poblaciones con otro perfil socioeconómico. La actualización de 2024 de la Comisión Lancet sobre demencia ya incluye el aislamiento social entre los factores de riesgo modificables.

Fuente: AuntMinnie — MRI, PET reveal distinct brain changes in loneliness and social isolation. Artículo original: Guarnera J et al. The underlying neurobiology of social isolation and loneliness in middle-older adults: A systematic review. Alzheimer’s & Dementia, 2026.