Los médicos con mayor conocimiento clínico solicitan menos pruebas de imagen y servicios de bajo valor. Esa es la conclusión central de un estudio publicado el lunes 13 de julio en JAMA Internal Medicine, que cruzó el desempeño de unos 7.100 internistas estadounidenses en una evaluación continua de conocimiento con los registros de utilización de 25 servicios considerados innecesarios por la literatura médica. El patrón se repitió en todas las categorías analizadas: cuanto mejor el dominio técnico del médico, menor la probabilidad de que el paciente recibiera un estudio sin indicación real.
El asunto cuesta caro, y en sentido literal. Los autores recuerdan que Estados Unidos gasta alrededor de 100.000 millones de dólares al año en servicios de bajo valor, una categoría que incluye, por ejemplo, estudios de imagen para cefalea no complicada. Contener ese desperdicio sin comprometer la seguridad del paciente es una de las prioridades más persistentes de la gestión sanitaria, y el nuevo trabajo señala una palanca poco explorada en ese debate: lo que el médico solicitante realmente sabe.

Cómo se realizó el estudio
El equipo recurrió al Longitudinal Knowledge Assessment (LKA), un instrumento creado por el American Board of Internal Medicine (ABIM) en 2022 como alternativa al examen único de recertificación. En el LKA, cada participante responde 30 preguntas por trimestre a lo largo de un ciclo de cinco años, con retroalimentación inmediata en cada respuesta. Cerca de 92.000 médicos ya participan del formato. Para el análisis, los investigadores usaron el desempeño de los internistas en el primer año del programa.
Esas puntuaciones se cruzaron con datos de unos 900.000 beneficiarios de Medicare en la modalidad fee-for-service, atendidos de forma ambulatoria entre 2022 y 2023. La vara de medición fue un conjunto de 25 servicios de bajo valor bien documentados, entre ellos el cribado de cáncer colorrectal en mayores de 85 años, la tomografía computarizada para rinosinusitis no complicada, la resonancia magnética para artritis reumatoide y las imágenes para síncope, fascitis plantar y lumbalgia inespecífica.
Los números favorecieron de manera consistente al grupo mejor evaluado. Los pacientes de médicos en el cuartil superior de conocimiento tuvieron cerca de un 8% menos de probabilidad de recibir cualquiera de los 25 servicios (28,6% frente a 31%). La diferencia llegó al 16% en pruebas diagnósticas y preventivas innecesarias (8,7% frente a 10,4%), se situó en torno al 4% en estudios de imagen (13,2% frente a 13,8%) y alcanzó el 11% en cribados oncológicos sin indicación (12,3% frente a 13,8%).
Para el autor sénior Bradley Gray, PhD, investigador del propio ABIM, el análisis fue «extremadamente riguroso» y sugiere que la pericia médica puede funcionar como una palanca poderosa para reducir pruebas innecesarias. El autor principal, Jonathan L. Vandergrift, MS, investigador sénior de la institución, es más cauto: la pregunta pendiente es si las intervenciones capaces de elevar el conocimiento —y no solo de medirlo— reducirían de verdad las solicitudes inadecuadas en la práctica.
Qué es la atención de bajo valor
Según la definición que usan investigadores y sociedades médicas, un servicio de bajo valor es aquel cuyo beneficio esperado para el paciente es pequeño o nulo frente a los costos y riesgos involucrados. No se trata de estudios «malos» en sí mismos. Una tomografía de cráneo salva vidas en el trauma, pero aporta muy poco ante una cefalea primaria sin señales de alarma. El contexto clínico es lo que separa la indicación precisa del desperdicio.
Y el problema rara vez termina en el primer estudio. Los hallazgos incidentales desencadenan nuevas investigaciones, biopsias y consultas en un efecto cascada que consume recursos, expone al paciente a radiación adicional y genera ansiedad evitable. Campañas internacionales como Choosing Wisely, creada por la fundación vinculada al propio ABIM, intentan desde hace más de una década frenar ese ciclo con listas de recomendaciones del tipo «no hacer» elaboradas por las propias especialidades.
Implicaciones para la práctica clínica
Para los servicios de imagen, el hallazgo desplaza parte de la conversación hacia arriba en la cadena. El radiólogo informa lo que llega a su lista de trabajo, pero el volumen de estudios injustificados se decide en el momento de la solicitud. Criterios de adecuación, sistemas de apoyo a la decisión clínica integrados a la historia electrónica y retroalimentación estructurada a los médicos solicitantes ganan peso cuando la evidencia muestra que el conocimiento moldea la conducta de prescripción.
Hay además un efecto silencioso sobre quienes informan esos estudios. El volumen creciente de exámenes sin indicación clara alimenta listas de espera, presiona los plazos y contribuye al burnout en la radiología, un problema que ya preocupa a la especialidad en escala global. No por casualidad, la sostenibilidad de los servicios de imagen figura entre las principales tendencias de la radiología en 2026.
El estudio también recuerda que la tecnología, por sí sola, no basta. Los sistemas de inteligencia artificial pueden señalar solicitudes dudosas en el momento del pedido, pero la decisión final sigue siendo humana, como muestra el debate sobre la supervisión humana de la IA en radiología. La educación médica continua, las evaluaciones longitudinales y el feedback estructurado emergen como complementos de bajo costo frente a las apuestas tecnológicas.
Limitaciones y perspectivas
El trabajo arrastra una limitación declarada en el propio artículo: tres de los cuatro autores son empleados del ABIM y el cuarto recibió honorarios de consultoría de la entidad, un potencial conflicto de interés relevante, ya que los resultados favorecen justamente el producto de evaluación que comercializa la institución. Además, al ser observacional, el estudio demuestra asociación, no causalidad. Los médicos que piden menos pruebas innecesarias pueden ser, simplemente, los que más se actualizan, sin que una cosa determine la otra.
Aun así, el mensaje para los gestores de clínicas y hospitales es difícil de ignorar. Si el conocimiento clínico actualizado camina junto con menos desperdicio, invertir en educación continua deja de ser un costo administrativo y se convierte en una estrategia de eficiencia asistencial. Para los casi 92.000 médicos que ya responden al LKA cada trimestre, ese experimento, en cierto modo, ya está en marcha.
Fuente: Radiology Business




